Todas las congregaciones e instituciones religiosas del país han empezado a articular acciones efectivas para ayudar a mitigar la triste condición en que ha quedado la República de Haití.
La Iglesia Católica, las Asambleas de Dios, la Iglesia de Dios, Conedo, Codue, Red Pastoral, Conin, la Cristianización, entre otras, han pedido a toda su feligresía, tanto nacional como del extranjero, manifestar un gesto elevado de solidaridad.
En estos casos, cada congregación se constituye en un pequeño centro de acopio, de modo que los miembros locales y la comunidad en general extiendan la mano amiga.
Los que estamos dentro de las entidades de fe, vemos cómo el desastre de Haití ha variado la agenda de las iglesias.
En tiempo de desastres y calamidades, las iglesias han demostrado ser una vía eficiente para canalizar acciones humanitarias y de solidaridad con los que sufren.
Tienen una conexión social muy efectiva. Lo mismo ocurre con sus relaciones internacionales.
De partida se debe reconocer que esto lo hacen de manera natural porque forma parte de la esencia misma de la fe. El amor al prójimo y a los que sufren fue predicado ampliamente por el Señor Jesucristo.
El Maestro lo ilustró con el caso del hombre que fue asaltado y golpeado cuando iba camino a Jericó. Cuando el samaritano lo vio tirado y desangrándose lo colocó en su cabalgadura y lo llevó al mesón. Encargó que se le curaran las heridas, se le alimentara, se le diera nueva ropa y, finalmente, pagó los gastos.
El apóstol Santiago dice en su carta que la única forma de demostrar la eficacia de la fe es mediante la solidaridad con el prójimo.
La humanidad guarda en la memoria reciente los actos de bondad de la Madre Teresa de Calcuta. Ella encontraba a los moribundos a orillas de los caminos y no le importaba meter sus manos para sacar los gusanos y curar las heridas.
Cuando veía a una persona que tenía una necesidad no preguntaba qué podían hacer los demás; se preguntaba: “¿Qué puedo hacer yo?”».
Ella sostenía que cada persona representaba a Cristo.
En estos momentos el mundo ve con dolor las duras imágenes de cuerpos inertes, de niños, ancianos y jóvenes, en la vecina hermana nación de Haití.
La situación está siendo manejada en dos etapas principales.
La primera tiene que ver con la limpieza general, que incluye prioritariamente el retiro de todos los cadáveres y de todos los escombros.
Lo segundo es concienciar a todos los países hermanos para que ayuden en la reconstrucción de esta nación.
Debemos estar consciente de algo muy importante, y es que la nación haitiana no tiene la capacidad de reconstruirse así misma. Definitivamente la comunidad internacional tendrá que enfocarse en sacar a los haitianos de su triste condición.
Por muchos años se ha hablado de ayudar a Haití. Creo que el fenómeno natural ocurrido obliga ahora a todo el mundo a tener que hacer lo que con tantas discusiones y dilaciones se había planteado.




































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